Sobre los abandonos

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Sobre los abandonos

Mensaje  Admin el Lun Feb 02, 2009 3:53 pm

Sobre los abandonos

Un perro ovejero pequeño, feo y valiente, nos tuvo detenidos una vez a varios automóviles durante un rato, porque una oveja de su rebaño estaba rezagada, mordisqueando hierba en la cuneta. Y el chucho seguía quieto, en medio de la carretera como un impasible Don Tancredo, con un ojo en los automóviles y otro en la mala pécora, sin moverse hasta que la tipa cruzó por fin. Entonces le tiró una rutinaria dentellada a los cuartos traseros y se fue detrás, con un trotecillo chulito y la satisfacción del deber cumplido. Fueron dos o tres minutos en que no se oyó ni un solo bocinazo. Impresionados a pesar nuestro, arrancados por un momento a la prisa y la impaciencia, ninguno de los diez o doce conductores detenidos pudo evitar rendir ese pequeño homenaje al valor concienzudo el animal. Aquel chucho era un profesional.

Hay muchas historias propias y ajenas con perros. En un hospital de Lugo, por ejemplo, uno cuyo dueño murió hace siete meses sigue viviendo en la puerta, después de recorrer varios kilómetros persiguiendo a una ambulancia en la que su amo agonizaba. Llegó exhausto, con las patas heridas por la carrera y allí continúa, esperando verlo salir. Las enfermeras y los vigilantes del hospital, que ahora le dan comida y lo cuidan, ignoran su nombre y lo llaman "Calcetines".

Esa es una historia con final feliz, pero otras no lo son tanto. En Borovo Naselje, en la antigua Yugoslavia, una mujer fue violada por los chetniks serbios, ante la pasividad de sus vecinos, me contaba que el único defensor que tuvo al escuchar sus gritos fue su perro, un pastor alemán que estuvo peleando en la puerta de su casa y en el vestíbulo y en la escalera hasta que los agresores lo mataron de un tiro.

El mío es un labrador negro, macho y se llama Sombra. Durante mucho tiempo, cuando el arriba firmante volvía de noche más flaco y sin afeitar, con una mochila al hombro, de uno de esos territorios comanches donde se ganaba el pan, Sombra salía al jardín enloquecido de entusiasmo, moviendo el rabo y gimiendo plácido, a frotarse contra mis piernas y a tumbarse en el suelo, patas arriba para que lo acariciase. Nunca tuvo un ladrido a destiempo, un gruñido ni un mal gesto. Se queda ahí, quieto y silencioso, mirándome con sus ojos oscuros y fieles, pendiente de una voz o una caricia. Incluso cuando alguna perra en celo o su instinto de libertad lo llaman lejos y se escapa, y vuelve al cabo de varias horas sucio, sediento y fatigado, con el rabo entre las piernas porque sabe que le espera una buena bronca o una zurra por golfo y por putero, lo hace humildemente, dispuesto a llevarse lo suyo, mirándome con esos ojos leales que te desarman. Ya es viejo - tiene doce años - y morirá pronto, supongo. Es un buen perro y lo echaré de menos. Y estoy seguro de que a mí, que no tengo precisamente una lágrima fácil, ese chucho puñetero me hará llorar.

En fin. Humedades sensibles aparte, todo esto viene a cuento porque hoy es el primer domingo de las primeras vacaciones de verano. Y porque a estas horas, estoy seguro que por las carreteras de este país vagan cientos de perros desconcertados, exhaustos, siguiendo la línea de asfalto por la que se fueron sus dueños que los abandonaron. Pues el perro supone un incordio para las vacaciones. Una cosa es el cachorro gracioso para los niños, que se mete en cualquier parte y otra el grandullón al que hay que vacunar, alimentar y albergar y que te fastidia, con su presencia incómoda, el viaje en automóvil, a la costa o al pueblo. Así que al abuelo se le mete en un asilo, y al perro se le lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se le dice, sal, Tobi, juega un poco. Después el propietario acelera y se larga, sin mirar siquiera por el retrovisor. Libre del jodío chucho.

¿Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor, un perro abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: ¿El nunca lo haría? Es cierto. El nunca lo haría, pero buena parte de nosotros sí. Igual usted mismo, respetable lector que hojea "El Semanal" en este momento, acaba de hacerlo. ¿Y sabe lo que le digo? Pues que, de ser así, ojalá se le indigeste esa paella por la que van a clavarle veinte mil pesetas en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro; pero es cierto. Al suyo, al mío, a cualquier perro.

El Semanal 1995 (Arturo Pérez Reverte)



Foto: Neo (adoptado por Nella -elfa_del_bosque)



7.000

ROSA MONTERO
Que me los presenten.Que me presenten a esos 7.000 madrileños que abandonaron a sus perros para irse con toda tranquilidad de vacaciones.
Que me presenten a esos 7.000 energúmenos capaces de dejar atrás, con impavidez espeluznante y una pachorra inmensa, los hocicos temblorosos y las miradas dolientes de sus animales.
¿Cómo lo harán? ¿Apearán al perro en mitad de un campo solitario y huirán después a todo rugir de coche,con el pobre bicho galopando espantado detrás del guardabarros hasta que su aliento ya no dé para más?
¿O quizá lo llevarán a algún barrio lejano y escaparán aprovechando algún descuido, un amistoso encuentro con otros perros o un goloso olfatear de algún alcorque? No les importa que luego el animal, al descubrirse solo,repase una vez y otra, con zozobra creciente y morro en tierra, la borrosa huella de sus dueños, intentando encontrar inútilmente el rastro hacia el único mundo que conoce.Son 7.000 sólo en Madrid: el censo estatal de malas bestias puede aumentar bastante.
Que me presenten a esos tipos que tuvieron el cuajo de tumbarse con la barriga al sol en una playa, plácidos y satisfechos tras haber condenado a sus perros, en el mejor de los casos, al exterminio en la perrera, y, más probablemente, a una atroz y lenta agonía en cualquier cuneta, con el cuerpo roto tras un atropello. O a servir de cobaya en un laboratorio,o a morir en las peleas de perros, espeluznantes carnicerías que, aunque ilegales, parecen estar en pleno auge como juego de apuestas. Que me presenten a esos seres de conciencia de piedra. Quiero saber quiénes son, porque me asustan: si han cometido un acto tan miserable e inhumano, ¿cómo no esperar de ellos todo tipo de traiciones y barbaries? Probablemente pululan por la vida disfrazados de gente corriente: es una pena que las canalladas no dejen impresa una marca indeleble.

El País, 16 de junio de 1998


Foto: Lua, labradora (adoptada por Lourdes - Madrid911) con su hermanito Hugo.

Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana.... Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña –la más amiga mía- chocó contra mí dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos : los ojos y las manos. El resto del cuerpo ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta mañana mi pequeña ni me quería mirar. Sólo después de ir detrás de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado , me dijo: “Drake , no me pongas nerviosa. ¿ No ves que no vamos de veraneo, y están los equipajes sin hacer?” Pero no me tocó ni me miro. Yo , para no molestar , me fui a mi rincón, me eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mi me ilusionaba el viaje. Les había oído hablar días del mar y de la montaña. No sabía con certeza qué habían elegido; pero comprendo que , en las vacaciones – y más en estas , que son mas largas que las otras dos- mi pequeña podrá estar todo el día conmigo . Y lo pasaremos muy bien , estemos donde estemos , siempre que sea juntos... Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida- que olía a gloria- y los envoltorios del ultimo momento. Yo necesitaba correr de arriba abajo por la escalera pero me aguanté. Cuando fueron a cerrar la puerta , eché de menos mi manta. Entré en su busca; me senté sobre ella; pero el me llamó muy enfadado. – “ ¡Drake, venga! “ - , y no tuve mas remedio que seguirlo. Mientras bajaba , caí en la cuenta de que, en el lugar al que fuéramos , habría otra manta. Ellos siempre tienen razón . Los tres mayores , mi pequeña , su hermano y yo.... Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero estabamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruqué en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él se sentó en un extremo , que suele ser su sitio, y todavía no se le habían olvidado las voces de ella , porque no decía nada; solo miraba las calles y las calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal... Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguían muy nerviosos. Yo sufrí sus patadas con tranquilidad, porque sabía que no iban a durar y porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi pequeña , yo le lamí en cambio las piernas con cariño; pero ella me dio un manotazo , como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir , no me miraba. Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad . Él se echó a un lado y paró el coche . los de delante daban voces los dos no se si por qué discutían o por qué . La madre de él no decía nada ; ya antes había empezado a decir algo , y ella la corto con muy malos modales . Tampoco los niños decían nada ..... Él bajó del coche y cerro de un portazo; le dio la vuelta; abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró por el collar. Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis , pero yo lo había hecho en un árbol mientras cargaba y disponía los bultos. Empujó con violencia las puerta , y volvió a sentarse al volante . Oí el ruido del motor . Alcé las manos hacia la ventanilla ; me apoyé en el cristal ,detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos ; le temblaban los labios ... Arrancó el coche , y yo caí de bruces. Corrí tras él , porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro ; pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por la boca... Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria, casi me arrolla. Me eché a un lado, a esperar y a mirar , porque estoy seguro de que volverán por mí.......Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje y un coche negro no pudo evitar atropellarme....... No ha sido mucho: un golpe seco que me tiró a la cuneta..... Aquí estoy. No me puedo mover. Primero porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron ; segundo , porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquél no fue tan poca cosa como creí........ Me duele la pata hasta cuando me la lamo. Me duele todo....... Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña, nunca serán capaces de engañarme. Aquí estaré... Si tuviese siquiera un poco de agua: hace tanto calor y tengo tanto sueño...... No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen ... Me siento más solo que nadie en este mundo ... Aquí estaré hasta que me recojan.

"Monólogo del Perro" de Antonio Gala.



Foto: Taca (adoptada por Lida, Pluja_Taca)
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